• Claudia Luna Fuentes

Editorial: Transmutar, eliminar o proteger

"La naturaleza en su asombroso orden de organización selecciona sustancias, para producir ya ramas, ya quelas, ya ojos, membranas o estrellas en el firmamento. Es el movimiento dirigido, la voluntad afilada lo que puede contribuir a focalizar acciones necesarias."

Naturaleza versus artificio. Espacios abiertos versus propiedades privadas. Desde estas oposiciones, la especie humana realiza intervenciones en espacios naturales: transmuta, delimita, diluye, contamina, destaca o protege.


Es con esta característica de generadores de artefactos, que los homínidos acumulan una milenaria narrativa sobre el territorio. Primero ocurrieron sus desplazamientos sin fronteras políticas, solo con los límites impuestos por otros grupos; por tanto deambulaban sobre linderos móviles y flexibles, que permitían de cierto modo, respirar a la biodiversidad en su conjunto. Este tipo de límites hacía posible habitar dichos espacios por diferentes comunidades en distintos momentos de un mismo horizonte temporal. Pero los sapiens han avanzado a gran velocidad como si dieran grandes tarascadas; como si se les acabara la única colmena de la miel más exótica; esto se hace de manera errática, abusiva, casi herética.

Sí, posterior al largo proceso iniciado con la agricultura, germinó también lo que conocemos como la propiedad privada. Y aquí estamos luego de andar de brinco en brinco sísmico en el sentido del drama humano, cada vez dividiendo más los territorios, y por tanto, con conocimientos literalmente parcelarios sobre numerosos procesos naturales que no se pueden explicar desde una sola disciplina o práctica. El riesgo no es la parcelarización del conocimiento, sino de pensar que éste no se interconecta, alimenta y transforma con otros campos de conocimientos y experiencias.


Al mismo tiempo, en el imaginario social, se diluye el ejercicio de compartir espacios abiertos con fines colectivos o con propósitos que persigan de veras el beneficio de conservación. Va en aumento la creación de asociaciones y otras entidades no gubernamentales que adquieren terrenos bajo el supuesto compromiso de preservar, sin embargo, este beneficio lo usan para materializar en un futuro cercano, espacios similares a parques u hoteles turísticos que aplastan y degradan. Esto significa, con cierto disfraz, la continuidad de un modelo económico expoliador turístico o extractivo, que daña zonas de gran valor ecológico. Allá van hordas humanas con los escasos datos que generan las redes sociales; van a donde les indican los tuits o los post, sin la comprensión del delicado tejido de redes naturales a las cuales pertenecemos, pero ignoramos.

La discusión sobre el territorio y nuestra relación con él, es vital. Primero, porque nos estamos quedando sin territorios comunes, y segundo, porque nos estamos quedando sin discusión, es decir, sin filosofía, sin pensamiento complejo, sin esas horas de contemplación, sin ese deseo de voluntad que implica aprender de lo observado y de lo experimentado. Faltan Heródotos que sumen sus experiencias de razón y emoción; quienes con sus ojos, con su olfato, con su tacto, con su percibir de temperaturas, con su oír, den cuenta del estado del mundo, pues como dijera Mariano Artigas, “somos seres naturales, no espíritus puros”.


Y como el espíritu necesita la materia, requerimos materialidad dispuesta para la experiencia en el mundo y para su comprensión. Y ya que esta necesidad es primaria, biológica, es decir básica; no es posible dejar esta materialidad que nos atraviesa y conforma, en manos de pocos que ven en ella la monetización. Recuerdo las elevadas carreteras sobre el Gran Atlas allá por el suroeste marroquí, en donde cada determinado tramo, estaban en venta por cientos, fósiles antiquísimos. O el sureste mexicano con esos chapoteaderos de lujo donde ya no se ven los peces ni las plantas, sino el apantallante colorido de contenedores plásticos en dónde echar residuos de comida chatarra, o bien, las largas ondulaciones sintéticas que expulsan a niños y adultos tras gritos eufóricos. Es la naturaleza privatizada y sepultada.

En nombre del dinero, se defiende como inobjetable el derecho a contaminar dunas de arena sílica milenarias con deshechos de grasa animal o fluidos humanos, luego de festividades numerosas, por el simple hecho de haber pagado una ínfima cuota para el uso exclusivo de un ecosistema natural invaluable. Aquí tenemos un ejemplo de la privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas, pues, ¿de dónde saldrán los fondos para remediar contaminación y daño? Y ¿en dónde quedan las ganancias? ¿Para quiénes? ¿Por qué?


En este contexto, en pocas décadas, los humanos ilustrados, pasaron de un asombro germinal, al desencanto. Se ha dado a luz a la futilidad contemporánea. Vale más una opinión falta de sustento pero viralizada por redes sociales y bots, que los conocimientos que da la experiencia sobre un entorno natural que florece y se multiplica por sí mismo sin considerar el mundo “civilizado”, pero al que sí le afectan las acciones de este mundo humano, cuando sus hordas perfumadas y refinadas o no, le alcanzan.


El ser humano, como generador de artefactos, en su afán de responder a su naturaleza hacedora, interviene en los procesos naturales, ya bien para preservarlos o destruirlos, entre otras posibilidades. Pero miremos solo la parte que interesa: la conservación. Aquí la tarea es titánica, pues como lo hemos visto, quien conserva se enfrenta a la corriente contraria: destrucción amparada en un sistema expoliador de todo lo que vive o se manifiesta visible e invisiblemente.

Entonces, los frutos de esta heroica tarea, son altamente valiosos, aunque su artificio sea cuando mucho la intervención en los procesos de producción en los que la naturaleza anda por sí misma. Y es que más no es posible, solo llegará hasta allí para proteger estos procesos, pues como dijera Artigas en su libro Filosofía de la naturaleza: “ni siquiera en esos casos podemos modificar el dinamismo original de la naturaleza; sólo podemos encauzarlo”, ya que no es posible añadir nada sustancial a ese mecanismo asombroso que se mueve por sí mismo y bajo sus propias leyes. La vida.

La observación de la naturaleza para la reflexión y posterior toma de acción, podría ser un conveniente punto de partida. Ella en su asombroso orden de organización, selecciona sustancias, para producir ya ramas, ya quelas, ya ojos, membranas o estrellas en el firmamento. Es el movimiento dirigido, la voluntad afilada lo que puede contribuir a focalizar acciones necesarias.


Sí, acciones que sueñen con los ojos abiertos del hacer: transmutar daño en oportunidad, abandono en protección.




Cita bibliográfica: Artigas, Mariano. Filosofía de la naturaleza. Ediciones Universidad de Navarra. Quinta edición. España. 2003


Fotos: Mauricio De la Maza-Benignos


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Los puntos de vista, ideas y opiniones expresados en el texto pertenecen al autor, y no necesariamente a Pronatura Noreste, A.C.


Claudia Luna Fuentes. (Monclova, Coahuila) es poeta y artista visual. Estudió comunicación y una maestría en historia contemporánea. Sus trabajos están inspiradas en la naturaleza cercana (desierto y bosque). Sus obras recientes tratan sobre la relación entre las personas y el agua, y también la interacción entre lo social, lo ético y lo espiritual.

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